La conversación comienza hablando de minerales críticos, pero rápidamente deriva hacia otro tema. Garzón habla menos de geología que de decisiones. A su juicio, Bolivia suele entusiasmarse con la riqueza que podría generar un recurso antes de recorrer el camino que lo convierte en un proyecto. “El potencial tiene que medirse. Primero pasa a recursos y después a reservas. Recién entonces es económicamente útil, comercializable y se puede producir para la industria”, resume. Entre un paso y otro aparecen tareas poco visibles, pero decisivas: exploración, infraestructura, energía, agua, logística, ingeniería y estudios de factibilidad.
El litio ilustra mejor que ningún otro esa secuencia. Garzón recuerda que Bolivia firmó sus primeros contratos a comienzos de la década de 1970 y que varios intentos posteriores terminaron frustrados. Mientras el debate se concentraba en regalías, impuestos y participación estatal, las empresas insistían en otra pregunta: ¿quién financiaría la infraestructura necesaria para hacer viable el proyecto?
“Todo el mundo quería más regalías, más impuestos, más participación, pero la empresa decía: les damos todo lo que piden; ¿con qué vamos a hacer la infraestructura?, ¿con qué vamos a hacer la energía?, ¿quién hará la ingeniería y la factibilidad del proyecto?”. El desenlace es conocido: muchas inversiones cruzaron la frontera y encontraron en Argentina un escenario más favorable.
Su mirada va más allá del litio. Recuerda que hace décadas investigaciones realizadas junto al Servicio Geológico Británico identificaron monacita, coltán, níquel, estaño, fosfatos y otros minerales hoy considerados estratégicos. Sin embargo, muchos de esos trabajos quedaron inconclusos tras los cambios de gobierno y nunca pasaron de la etapa de exploración. “Tenemos un potencial impresionante... y no podemos hacer minería”, dice con evidente frustración. Para él, el problema no es la ausencia de recursos, sino la incapacidad de darles continuidad.
El exministro insiste en que un proyecto minero no comienza cuando se inaugura una planta, sino mucho antes. “Nuestro litio ya tiene una infraestructura, pero no tiene agua, no tiene energía, no tiene suministros”. Sin esos componentes, afirma, ninguna inversión será sostenible. Por eso vuelve una y otra vez a la misma metáfora: “Hay que hacer la torta y después discutir cuánto le toca a cada uno”. Parece una frase sencilla, pero resume una crítica profunda a la forma en que Bolivia ha administrado durante décadas sus grandes oportunidades.













































