Alonso: Incamayo, un oasis en la Quebrada del Toro

VOCES25/05/2026CLUBmineroCLUBminero


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ALONSO RICARDO ALEMANES
RICARDO ALONSO*


Cuando se viaja por la ruta nacional 51, a mitad de camino entre las localidades de Chorrillos e Ingeniero Maury, ambas con estaciones del ramal ferroviario C-14, se encuentra Incamayo. Este paraje es uno de los bellos oasis con que cuenta la Quebrada del Toro, en su primer tramo, donde corre encajonada por rocas pizarrosas grises.

 Allí el río Toro discurre dentro de un profundo cañón, con montañas laterales que se elevan entre 3.500 y 4.500 m de altura. Y prominencias topográficas de 1 a 2 km entre la base del río y las cumbres de las serranías. Ello genera fuertes pendientes y ríos de alta energía, torrenciales, que en verano mueven millones de toneladas de sedimentos por el fenómeno de la remoción en masa. Uno de esos ríos es precisamente el Incamayo, topónimo quechua que significa “río del Inca” y que baja desde la sierra de Pascha.

Esa región es ampliamente conocida desde muchos puntos de vista, especialmente por su singularidad paleontológica y arqueológica. Paleontológica, porque en la sierra de Pascha aflora una potente secuencia de rocas marinas del Ordovícico y dentro de ella se encuentran trilobites con una conservación excepcional en el interior de concreciones con una corteza llamada “cono en cono”. Arqueológica, porque allí se encuentran las ruinas de Incahuasi, una localidad incaica donde se destaca el famoso “Sillón del Inca”. El acceso al río Incamayo es a través de una propiedad privada de la familia Padilla. En los últimos tiempos se convirtió en un circuito muy visitado por senderistas que caminan por el río aguas arriba para llegar a una hermosa cascada que se desploma en rocas precámbricas de la Formación Puncoviscana.

Esas rocas, formadas en un antiquísimo fondo oceánico, yacen hoy en posición vertical. En su mayoría corresponden a “turbiditas”, esto es depósitos sedimentarios generados por corrientes de turbidez que incluso conservan las estructuras mecánicas del desplazamiento conocidas como “turboglifos”. Es importante destacar que arriba de esas rocas de océanos profundos, hoy en posición vertical, se extienden gruesos paquetes de arenas cuarzosas de una plataforma marina del período Cámbrico. Son dos mundos diferentes superpuestos y un paraíso para geólogos y para todos los que quieran disfrutar del geoturismo. A ese plano de contacto y discordancia altamente angular se le llama “Tilcárica” y hace referencia a Tilcara, simplemente porque allí se la definió originalmente.

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La de Incamayo se aprecia en el sendero que sube al cerro Balcón. Visitar esos lugares es emocionante por lo paisajístico y valioso como aprendizaje de los fenómenos que operaron allí desde unos 600 millones de años atrás. Pero esas visitas, siempre lo recordamos, deben hacerse con la preparación necesaria y con guías especializados en temas de seguridad en el terreno. El Tribuno cada tanto se hace eco de casos de jóvenes aventureros extraviados en las montañas cuya búsqueda demanda ingentes recursos económicos del estado y de las asociaciones de montañismo, radiofonía, bomberos, y otras que colaboran desinteresadamente para encontrar a los desorientados. Dijimos oasis y sería bueno que nos explicáramos.

No estamos hablando de los emblemáticos oasis rodeados de palmeras y odaliscas en el más inclemente desierto sahariano. No. Estamos hablando de una tipología de ambientes húmedos en los semidesiertos
del norte argentino donde el nivel freático alcanza la superficie y se forman espacios con una vegetación natural y reducidos campos de cultivos que le da vida a pequeños parajes. Como todos esos lugares verdes y habitados que se observan a lo largo de los valles Calchaquí, Escoipe, El Toro y Humahuaca, entre otros. El agua subterránea vivifica esos ambientes y crea espacios donde el hombre cultiva y cría sus animales de consumo doméstico. Eso es Incamayo en la Quebrada del Toro donde unas pocas familias comparten hoy un espacio milenario. Entre ellos la familia Lazarte, en la margen izquierda de la R.N. 51 pasando el río y el puente de Incamayo. Los Lazarte, llevan allí generaciones 

Don Mauricio Lazarte (1905-1974) fue un ferroviario que trabajó en el ramal Huaytiquina con el ingeniero Richard F. Maury y le cupo el honor de estar presente cuando se puso el “clavo de oro” de unión entre las vías de Argentina y Chile. La familia conserva la valiosa medalla que recibió don Mauricio de parte de Ferrocarriles del Estado Salta-Socompa, provista por el Ministerio de Obras Públicas de la Nación y concedida el 20 de febrero de 1948. Una distinción que enorgullece a esa familia generosa y de mucha calidez humana. Y pasando a otro tema faltó muy poco para que Incamayo y los Lazarte no se convirtieran en noticia mundial. Efectivamente el viernes 4 de agosto de 1995, a las 22,30, se sintió una fuerte explosión en la parte trasera de la sala de la finca de Incamayo, a unos cien metros de las casas. El señor Atilio Lazarte informó del suceso a la Universidad Nacional de Salta y nos convocamos en el lugar junto al Dr. Ricardo J. Sureda, prestigioso mineralogista ya fallecido. La marca del impacto quedó en la ladera del cerro y por mucho tiempo estuvo desprendiéndose material de la cicatriz. Comentaron ellos que la onda expansiva los arrojó de las camas, los animales quedaron aterrados y se comportaron de forma atípica al punto que los perros y los gatos se escondieron debajo de las camas y los caballos escaparon aterrados y hubo que buscarlos al día siguiente varios kilómetros río abajo. 

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Ese agosto de 1995, entre el 4 y el 17, se informó también de unos 20 objetos luminosos y caídas con explosiones en varios puntos del territorio salteño (San Antonio de los Cobres, La Poma, Joaquín V. Gonzalez, El Galpón, y detrás de los cerros al este de la ciudad de Salta). La fenomenología estuvo asociada con bolas de fuego, estelas luminosas, explosiones de fragmentación y temblores por impactos. Los curiosos de los Ovnis estuvieron muy activos y ocupados ese año atribuyendo cada evento a un ilusorio visitante extraterrestre. El impactor de Incamayo dejó su marca en la ladera del cerro y por suerte todo el asunto quedó en una anécdota y no en un registro del daño que pueden hacer objetos que llegan desde el espacio naún en pequeños tamaños. Incamayo es, como dijimos, un oasis a la vera del río Toro y está atravesado por la R.N. 51 y el ramal C-14 del ferrocarril General Belgrano. En los pequeños potreros se cosecha maíz, papas, habas y hay numerosos árboles frutales con membrillos, duraznos, manzanos y perales. Hay además ganado doméstico, vertientes de agua, pequeñas cascadas y árboles de sombra. Un pequeño monumento a la vera de la ruta recuerda a Joaquín, un niño que fuera atropellado por un camión y que está representado como un gauchito con sus alas de ángel.

Al fondo de las casas y luego de cruzar algunos potreros se llega a un zigzag que sube a la montaña por una cara seca y árida, de alta pendiente, y solo flanqueada por derrubios de ladera y algunos cardones. Este camino de cabras en zigzag se dice que inspiró al Ing. Maury, el emblemático constructor del C-14, para diseñar sus artificios que le permitían ganar altura con el tren yendo y volviendo en planos de ascenso que sorteaban el borde de la montaña tal como se observa en las estaciones de El Alisal y Chorrillos. 

No sabemos si mito o verdad, lo cierto es que Maury estuvo allí en Incamayo y frecuentó a don Mauricio Lazarte como se comentó al principio. Cuando se llega al filo de la serranía luego de haber ascendido por el exigente zigzag se tiene una vista privilegiada de la geología de las montañas a ambos lados del río Toro. Vale destacar que el río corre a lo largo de un extraordinario hachazo de la corteza conocido como el Lineamiento Calama-Olacapato- Toro, una fractura continental que cruza transversalmente los Andes y separa al norte y al sur distintas provincias geológicas.

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 La Puna está partida entre una Puna Austral y una Puna Septentrional y en cuanto a la Cordillera Oriental, recibe al sur y por otro nombre el de “Calchaquenia”. Para explicarlo de manera sencilla al norte de Incamayo, por encima de las viejas rocas pizarrosas precámbricas se encuentran los grandes espesores de rocas paleozoicas, del Cámbrico y Ordovícico, ricas en fósiles de invertebrados marinos mientras que
al sur estas desaparecen y en cambio se encuentran apoyadas allí, sobre el viejo basamento,
las famosas calizas amarillas del mar cretácico de Yacoraite.

Estamos allí ante una extraordinaria divisoria natural de provincias geológicas. Es increíble ver como desde cualquier posición que observamos hay dos mundos geológicos distintos separados en ese tramo por el río Toro. Y además el espectáculo geológico se completa con estrujamientos tectónicos que ponen en contacto neto y tajante rocas marinas muy antiguas que superan los 500 millones de años con rocas sedimentarias rojas más jóvenes que los últimos 15 millones de años. A lo que hay que sumar antiguas terrazas fluviales colgadas en los planos de las montañas, grandes deslizamientos de laderas, algunos de los cuales son conocidos como “sturzstroms”, curiosas formas de erosión en “tubos de órgano” que dan lugar a “Paisajes Góticos”, entre un sinnúmero de atractivos que deslumbran

*Ricardo Alonso es Doctor en Geología.

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