













En buena parte del planeta se ha mirado el agónico triunfo de la izquierda en Brasil como una gran desgracia o un tremendo alivio, asimilando la noticia a las propias vivencias y deseos.
En la Argentina, con el condimento de que su rocambolesco presidente había violado todos los espacios aéreos de diplomacias e investiduras para apoyar, al igual que en España, a la derecha que ayer naufragó en Brasil.
Finalmente, la puja Lula- Bolsonaro Jr. quedó sumida en un gran choque cultural con mucha cyber IA. El geronte que sobrevivió a la "ola azul" latinoamericana gastará su último cuarto de milla vital lidiando con el abanico hostil de estados federales y legislaturas adversas triunfantes el pasado 4 de octubre.
En el país del fotebol, el PT triunfador se ha mostrado como un plantel veterano y un club descascarado que tuvo que apelar a la vitrina de sus triunfos para no entregar la llave del poder a una supuesta juvenilia que venía venía a cambiar el campo de juego, las gradas y los vestuarios, aumentando las cuotas de los asociados. Todo bajo las banderas del trumpismo y réplicas de menor poder adquisitivo, como las de Javier Milei.
La irrupción del argentino en las previas electorales ha terminado siendo un "presente griego" por su promoción de cirugías mayores en las cuentas públicas y de usos y costumbres de convivencia que su Buenos Aires querido son moneda corriente pero que impresionan afuera. Similar contribución es la que ha llevado a España, donde sus exabruptos más se parecen a un balón de oxígeno para el golpeado presidente socialista Pedro Sánchez.
Luiz Inácio Da Silva ha sobrevivido al Lava Jato de Odebrecht, una mancha que se extendió a varios países y un rosario de pasivos en sus gobiernos. No así su delfina Dilma Rousseff, destituida en el impeachment por las pedaladas fiscales. El mayor capital del Partido dos Trabalhadores fue proponer otro discurso político y social en un país de viejas segregaciones y asimetrías.
La familia Bolsonaro ha quedado a las puertas de la unción después de un sprint en el que prometía terminar con las penurias de los bolsillos populares ajustando los llamados "vicios del Estado del Bienestar". Una mayoría, exigua, ha impuesto su parecer de que podría ser peor el remedio que la enfermedad y por la dialéctica política de mucha intolerancia es esperable una dura confrontación.
Brasil no es Argentina a cuyo gobierno accedió Milei tras el enésimo estertor de inflaciones, vaciamiento del Estado, recesiones y endeudamientos, en que gobiernos de distinto signo no han podido solucionar la descapitalización del país y la espiral de pobreza de buena parte de su población.
Los parangones ideológicos no sirven tanto como los mapas puros y duros. El de Brasil muestra un juego delicado. Con el PT la pertenencia al bloque de países BRICS (hoy presidido por Dilma) era un opción cómoda pero las guerras de Ucrania y el Golfo han desarmado el naipe.

Uno de los tantos memes que facturaron la incursión brasilera de Milei.
Pero tras la elección de ayer no montará en el corto plazo el experimento libertario de sus vecinos argentinos. Porque el Banco Central do Brasil y las regulaciones económicas quedaron afuera del notable viraje hacia la derecha de las elecciones estaduales y parlamentarias de principios de mes.
Desde su superdron, la China de Xi que monitorea el mundo y es el principal comprador por US$ 84.700 millones entre enero y septiembre), podrá ver los chispazos de Brasilia con los Estados Unidos (que le compró mucho menos, US$ 27.500 millones de enero y septiembre). También, algo mucho más estratégico: el tenso escenario cotidiano de sus 215 millones de habitantes.
Volviendo a miradas y sensaciones argentinas. ¿El Lulazo puede favorecer a Cristina y al peronismo que busca retornar tras su última eclosión de mala praxis y sonoros peculados? Ese es un fantasma que aflije a los simpatizantes de la Casa Rosada. Hoy es fácil apostar desde cualquier teléfono móvil.
Probablemente, un giro copernicano hacia el populismo dependerá de la torpezas de la administración Milei y su abanico acólito, que suele aplaudirle un encarnado discurso polémico sobre las evidencias socioeconómicas. Amparado en las prosperidades sectoriales y geográficas de energía, minería y agroindustria que por el momento no llegan a los bolsillos ciudadanos. Tal como se escuchó en Brasil, o sea. digamos.







































