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Historias de Ricardo Alonso: La curiosa historia de un almuerzo en Potosí

EDMOND TEMPLE, EL LEGENDARIO VIAJERO INGLÉS, VUELVE A LAS NARRACIONES DEL ESCRITOR SALTEÑO

#VOCES 18 de mayo de 2023 EL TRIBUNO / CLUBminero
THE GRACE TEMPLE

RICARDO ALONSO
RICARDO ALONSO*

Los libros de viajeros suelen acercar historias magníficas escondidas en los repliegues de los textos mayores. Edmond Temple fue un viajero inglés que pasó por Salta con rumbo al Potosí en 1826. Magnífico observador, dejó páginas llenas de datos y anécdotas sobre aquellos tiempos fundacionales de las repúblicas suramericanas. Temple era el jefe de una compañía minera británica “La Potosí, La Paz and Peruvian Mining Association”, que iba al Cerro Rico de Potosí y donde permanecería un año.

Llegó a Buenos Aires y desde allí inició el recorrido por el viejo camino real de postas que cruzaba el territorio argentino en dirección al Alto Perú. Tiene vívidas descripciones de las provincias argentinas que Temple recorrió junto a sus acompañantes, algunos de ellos personajes importantes en las luchas independentistas sanmartinianas, como James Paroissien (1783-1827) y el barón de Czettritz. También el joven médico Juan H. Scrivener (1806-1884) que dejó unas memorias claves para resolver el asunto de este artículo y que fueron traducidas y dadas a conocer en 1937 por Lola Tosi de Dieguez.  Temple, que más tarde sería nombrado Caballero (Sir) del imperio británico, publicó en 1830 un relato de su viaje suramericano y su estancia en Potosí, donde dejó plasmadas sus observaciones sobre la vida y costumbres de los lugares visitados.

El libro, en dos tomos, lleva por título: “Travels in various parts of Perú”. Arranca con una frase de “Las Mil y una Noches” de la vieja leyenda de Abukir y Abusir, dos árabes de Iskandaria, que viajan a conocer una nueva ciudad donde todo es novedoso para ellos en sus oficios de tintorero y barbero respectivamente. Tal como el mismo Temple quien cruzó a lomo de mula las quebradas y el Altiplano del norte argentino, profundamente asombrado por la geografía, el paisaje y las costumbres de sus gentes. La frase de marras, en síntesis, dice: “Cinco ventajas al menos obtendrás viajando. Tendrás placer y provecho, ampliarás tus perspectivas, te cultivarás, y adquirirás amigos". Tomado de ese texto pre-medieval  y mil nochesco que nos invita al turismo de aventura y conocimiento. En la contra portada de su libro de viajes, Temple coloca una litografía iluminada, coloreada, a la que titula: “The Grace”.

Algo así como una acción de gracias o bendición del almuerzo al que le tocó asistir en casa de doña Juliana Indalesias, una rica viuda de Potosí. Temple describe con sumo detalle lo que le tocó ver en ese almuerzo, a las dos de la tarde, al que estaban invitados además el señor obispo de Potosí (padre Costas), y un fraile dominico al que menciona como Fray Francisco.

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El padre Costas viste de riguroso negro, con zapatos lustrosos de cuero negro con hebillas de plata, mientras que el dominico lo hace con hábito blanco y sandalias. Los Costas eran entonces una familia distinguida de Potosí, al punto que María Costas tuvo un amorío con Simón Bolívar de cuya unión nació un hijo que fue reconocido por el libertador. Fue uno de los cuatro hijos secretos de Bolívar, al igual que la socialista francesa Flora Tristán, la madre del famoso pintor Paul Gauguin, nieto de Bolívar. La litografía representa además de a doña Juliana, míster Temple, los dos sacerdotes, a personas de la servidumbre, entre ellos una joven esclava negra muy fina, tres mujeres jóvenes, una señora mayor y un muchacho campesino, todos ellos de la servidumbre.

En el margen izquierdo y de espaldas, con la mano derecha apoyada en una silla de madera revestida en terciopelo rojo se representa el propio Edmond Temple quien observa la escena, ajeno a la oración compungida de los demás asistentes. Gracias a esto pudimos descubrir una imagen del propio Temple del cual no existía ninguna a la fecha. Está elegantemente vestido con un sobretodo verde, pantalones grises y zapatos negros. Usa grandes patillas y tiene el rostro serio, de respeto, pero sus brazos y manos no comparten la oración de los demás presentes. Por las memorias de su otro compañero de viajes, Juan Scrivener, sabemos que Temple era masón y probablemente ateo. Es más, Scrivener cuenta como Temple quiso iniciarlo a la masonería en Potosí.

El padre Costas viste de riguroso negro, con zapatos lustrosos de cuero negro con hebillas de plata, mientras que el dominico lo hace con hábito blanco y sandalias.

La actitud de Temple en la imagen no deja lugar a dudas. Igualmente es interesante destacar los buenos conceptos que tiene sobre doña Juliana a la cual le dedica un subtítulo en el capítulo 18 del primer tomo de su obra. Dice allí que estaba sorprendido por la cordialidad y generosidad de esta piadosa mujer a la que todos llaman “La buena cristiana” y dueña del corazón más bondadoso del mundo. Comenta que es una mujer de misa diaria y que participa de todas las procesiones y ceremonias de su iglesia. Además que tiene la casa repleta de figuras religiosas y está bien predispuesta con todos aquellos que tienen un compromiso vocacional con la fe. Al punto que rara vez se sienta a almorzar o cenar sin la compañía de un sacerdote o fraile, los que tienen libre acceso a su abundante mesa.

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Llama la atención que el obispo y el fraile están de pie en una banqueta, doña Juliana en una gran silla y Temple en la silla con terciopelo. Probablemente ese orden haya cambiado durante el almuerzo ya que el obispo tenía siempre reservada la mejor silla. Varias cosas le llaman la atención a Temple, entre ellas las rollizas anatomías de los sacerdotes acostumbrados a los generosos almuerzos y cenas. Especialmente se refiere al dominico comentando que su “corpulencia me hizo sospechar maliciosamente que estaba acostumbrado más a festejar que a ayunar”.

Luego hace mención al banquete del día consistente en una larga seguidilla de platos con exquisiteces propias del lugar y todos servidos en gruesas bandejas de plata. Incluso un mate con bombilla de oro. Comenta sobre el menú: “El primer plato consistió, como es costumbre en el país, en queso y fruta, como melones, manzanas, higos, chirimoyas, tunas, membrillos, etcétera. Luego venían dos o tres clases de sopa o gachas, con arroz preparado de diferentes maneras. Una vez retirados éstos, no se observaba ninguna regularidad en los platos; pues, mientras algunos de los asistentes se llevaban los platos de los que nos habían ayudado, o si no los habíamos tocado nosotros, que habían permanecido el tiempo suficiente sobre la mesa para gratificar nuestra vista, otros estaban a mano al instante para reemplazarlos”.

No quedaba tiempo para preguntar ¿adónde fueron las empanadas? Y apunta: “Cada plato contenía lo suficiente para una fiesta del doble de nuestro número; y de cada uno observé a doña Juliana tomar un gran plato, a veces dos platos, y, diciendo algo en quechua, entregárselos a uno de sus indios, quien los colocó en un rincón distante de la habitación”. Precisamente la litografía muestra las grandes bandejas de plata repletas de frutas y alimentos a un costado. Agrega Temple que el menú siguió con las natillas, las compotas y los dulces. Un plato de muy buenas patatas, acompañadas de muy mala mantequilla, puso fin a la comida”.

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Al finalizar el almuerzo, que duró una hora, se quitó el mantel y todos los asistentes, sin orden alguno, se unieron en plegaria para dar gracias. Dice Temple: “Los presentes, cayeron de rodillas de repente, cantaron o dijeron en voz alta una gracia que duró cuatro minutos, en la que las graves voces del padre Costas y de fray Francisco, nada suavizadas por su copiosa comida y la amplia copa de vino de Cinti de la hacienda de nuestra anfitriona, repicaban como violes bajos, mientras doña Juliana, apretando su cruz y sus cuentas contra el pecho, con los ojos devotamente fijos en un hermoso cuadro de la Virgen con el Niño, que colgaba frente a ella en un gran marco de plata maciza, acompañaba a los demás en todo el fervor de la acción de gracias. Un profundo ¡Amén! con la señal de la cruz, como bendición sobre la compañía, por parte del Padre Costas, puso fin a esta apropiada ceremonia, a cuya solemnidad no habría podido abstenerse de unirse el más obstinado hereje”.

Llama la atención de Temple el ver como todos los platos que se habían reservado y que el sospechaba que era comida para guardar, en verdad estaban destinados para mendigos que se juntaban en la puerta de la señora Juliana donde se les repartía en las mismas bandejas de plata sin que nadie osara llevarse nada. Temple lo describe así: “Todos los días del año, a las dos en punto, varios pobres acudían a la casa de La Buena Cristiana, y tomaban asiento en la escalera. Algunos de ellos, conscientes sin duda de la indulgente disposición de su benefactora, invadían incluso la puerta del comedor, donde una escena bastante inusual para un europeo, ciertamente para un inglés, y una de interesante curiosidad también, era diaria de ver; la de una tribu de mendigos, reunidos en sociedad, en una respetable mansión, comiendo con cucharas de plata, de platos y fuentes de plata, sin ninguna vigilancia sobre la propiedad, o incluso una sospecha de que pudiera faltar. No debo olvidar señalar que las porciones reservadas de dulces eran para los niños que acompañaban a sus padres; una observación insignificante, tal vez, pero que tiene su peso al describir el carácter de la venerable Señora Generosa de Potosí”. También resalta que los objetos de oro y plata estaban distribuidos para ser lavados con arena o ceniza y a nadie se les ocurría tomarlos. No solo demuestra la riqueza del Potosí entonces, sino también la honestidad de los sirvientes. 

* Doctor en Ciencias Geológicas

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